DOMINGO, del latín dies Dominicus

Levantarse un domingo es como la cuenta atrás de una bomba de relojería en la que la semana vuela por los aires. El domingo entra sin llamar al timbre, sorprendiéndonos. Para mí, en este día el aire sabe a emoción con chocolate con churros y el viento juega conmigo, robándome el balón una y otra vez. Pregúntale a la tierra cuantas veces se revolvió mientras corría sobre ella para recuperarlo.

Es el día en el que nos reunimos clandestinamente en el patio, dejando a un lado las ecuaciones para compartir una ilusión: la de marcar un gol. Hacer que el público se levante y que la fuerza de su voz sea tan bienvenida como la fuerza de una tormenta de verano en días de bochorno. Esta sensación es como una estrella fugaz, preciosa y efímera, que si la presencias no la podrás olvidar jamás. Afortunadamente, en mi calendario, la ilusión cayó en domingo.

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