DOMINGO, del latín dies Dominicus

Levantarse un domingo es como la cuenta atrás de una bomba de relojería en la que la semana vuela por los aires. El domingo entra sin llamar al timbre, sorprendiéndonos. Para mí, en este día el aire sabe a emoción con chocolate con churros y el viento juega conmigo, robándome el balón una y otra vez. Pregúntale a la tierra cuantas veces se revolvió mientras corría sobre ella para recuperarlo.

Es el día en el que nos reunimos clandestinamente en el patio, dejando a un lado las ecuaciones para compartir una ilusión: la de marcar un gol. Hacer que el público se levante y que la fuerza de su voz sea tan bienvenida como la fuerza de una tormenta de verano en días de bochorno. Esta sensación es como una estrella fugaz, preciosa y efímera, que si la presencias no la podrás olvidar jamás. Afortunadamente, en mi calendario, la ilusión cayó en domingo.

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Algo se acciona cuando te detienes y dejas de mirar, para observar a tu alrededor

Me incomoda que me molesten cuando miro ropa en una tienda, por muy buena que esté la dependienta. Me molesta compartir ascensor. No me gustan las personas, ni sociabilizarme; y sin embargo me baso en relaciones para dar vida a mis versos. Y  mientras observaba, vi a una chica despeinada por la libertad. Una chica con aspecto de ser de las que busca las gafas cuando las lleva puestas y de hablar más de la cuenta. Alguien que no espera que las cosas sean blancas o negras, sino que ve colores donde nadie los ve. Empecé mirándola inquieto, como se mira a lo desconocido; para terminar invitándola a una copa de vino. Un café es una proposición tan desgastada que decidí, por vez primera, sorprender a alguien en persona y no a través de poesía. De vez en cuando, más en cuando que de vez, dejo cosas por decir. Cosas que quedan en la punta de la lengua. Lengua con tonos a Cabernet. Paso la vida leyendo poemas que hablan de mí mientras escribo otros que hablan del resto; así que decidí empezar con ella a escribir el nuestro.