Relato de un provinciano en Madrid

Los últimos rayos del verano azotaban la luna de nuestro Peugeot 307. Tan sólo nos quedaban 20 kilómetros para adentrarnos en la gran ciudad y conforme pasaba el tiempo, la inquietud y el miedo me recorrían con más fuerza.

Al llegar a mi nuevo piso descargué mi repertorio de tuppers y ­­­­di un paseo para familiarizarme con el barrio. Pregunté a un vecino si la entrada que había en frente de casa era la boca de metro y me contestó que no era el metro, sino un acceso a un parking. Mi experiencia en Madrid ya apuntaba maneras.

No fue hasta la mañana siguiente cuando tuve mi primer contacto con el metro. Sin saber aún que se trataba de un lugar hostil, di los buenos días a todo el mundo al entrar al vagón como he hecho cada vez que he ido a comprar el pan. Desde Nuevos Ministerios a Moncloa nadie se sentó a mi alrededor.

A mi llegada a la facultad busqué la oficina de secretaría para hacer lo que los universitarios llaman “burocracia innecesaria”. Una mujer con cara de pocos amigos (requisito indispensable para trabajar en la universidad) me atendió y, con un taco de sellos sobre su mesa, me indicó que necesitaba sellos y que tenía que desplazarme hasta Moncloa para conseguirlos. Así que eso hice, cogí el autobús en dirección La Coruña y me bajé en el Palacio de la Moncloa.

Regresé a la facultad un tanto desconcertado y sin sellos. Pero mi lucha con la burocracia no acababa aquí. Me informaron de que tenía que llamar a la oficina de Isaac Peral para continuar con el trámite… pero, ¿cómo conseguía yo el email de ese hombre?­

Todo mi día había sido un cúmulo de infortunios y me sentía como pez fuera del agua. Así que me eché a dormir y pensé: “­­­Mañana será otro día.