Crónica de un acoso anunciado

¿Por qué decimos que no cuando queremos decir si? No lo sé. Nadie lo sabe. Tú tampoco, porque de ser así no estarías leyendo este post. No te engañes. No tienes ni idea de ligar y tienes que recurrir a pseudo-artículos digitales escritos por sólo dios sabe quién. Quizá la relatora es una mujer de 70 años que en su intento de crear un blog de magdalenas (que no cupcakes, que eso es de modernos) prefirió hablar de ligues. O peor aún, tal vez sea algún exnovio. En cualquier caso estás demasiado desesperado como para rechazar la opinión de una abuelita bloguera o un ex.

Prosigamos. Si analizamos esta mítica pregunta concluiremos en que está mal planteada. Y es que la verdadera cuestión desamparada es ¿por qué decimos que si cuando queremos decir no?

Si lo que vuestro cuerpo y/o corazón os pide es un sí, evidentemente la respuesta es sí. Si alguien de verdad te interesa, ¿somos tan estúpidos como para rechazarlo? En el caso de que te has respondido a ti mismo SÍ, por favor, háztelo mirar. Ya somos bastantes indecisos sueltos por el mundo.

En cambio si lo que queremos decir es NO; no decimos claramente no, sino que damos largas e inventamos pretextos. Somos seres egoístas y vanidosos. Necesitamos que alguien nos suba la autoestima en esos grises días y que mejor que ese ligue, aquel del cual no sabes absolutamente nada y al que le diste un día tu número por casualidad en pleno apogeo nocturno. No os conocéis mutuamente pero por una extraña razón te adora y se pondría el mundo por montera por ti. A priori es perfecto,  no tenéis ni un solo amigo en común, no sabe cómo te apellidas, ni dónde vives y en el momento en el que te sature sólo tienes que bloquear su número y nunca más sabrá de ti. Desaparecerás del mapa para siempre cual actor de Compañeros.

Sin embargo, llega un momento en el que la cosa comienza a escaparse de tu control. Lo que empezó siendo una lluvia de halagos hacía tu persona se convierte en una excesiva atención. Te busca en Facebook, tiene controladas tus fotos de perfil y tus estados de Whatsapp, y lo peor, ¡te lo dice con toda naturalidad!  Así que que terminas por preguntarte a ti mismo con cierta inquietud y realismo, ¿con qué clase de psicópata me he topado y que he hecho yo para merecer esto? Con que decides ignorarle paulatinamente y poco a poco vuestras triviales conversaciones se van convirtiendo en un soliloquio por su parte.

Y pasan los días, las semanas, las estaciones…  Una noche gélida de invierno estás tumbado en el sofá mientras esperas a que pasen los 7 minutazos de anuncios de El Tiempo entre Costuras. Eres demasiada vago como para levantarte a por un yogur así que decides perder el tiempo con tu móvil. Solo entonces nace en ti un sentimiento de añoranza, un extraño Síndrome de Estocolmo, y te preguntas; ¿qué habrá sido de aquel pretendiente? ¿Seguirá teniendo pelo? ¿Vivirá en España o también habrá emigrado a Londres?

Reflexión: Necesitamos sentirnos pretendidos y admirados. Y es que si nadie nos preguntará al finalizar nuestra jornada cosas tan redundantes como “qué tal el día” nos sentiríamos abandonados cual abuelo en una gasolinera.

A modo de cierre y para rellenar este corto pero divertido artículo, os recomiendo una canción de uno de mis grupo favoritos; Miss Caffeina, a los que tuve la oportunidad de ver el pasado viernes en la Sala Óxido de Guadalajara y me encantaron! Un abrazo desde aquí para mis acompañantes.