DOMINGO, del latín dies Dominicus

Levantarse un domingo es como la cuenta atrás de una bomba de relojería en la que la semana vuela por los aires. El domingo entra sin llamar al timbre, sorprendiéndonos. Para mí, en este día el aire sabe a emoción con chocolate con churros y el viento juega conmigo, robándome el balón una y otra vez. Pregúntale a la tierra cuantas veces se revolvió mientras corría sobre ella para recuperarlo.

Es el día en el que nos reunimos clandestinamente en el patio, dejando a un lado las ecuaciones para compartir una ilusión: la de marcar un gol. Hacer que el público se levante y que la fuerza de su voz sea tan bienvenida como la fuerza de una tormenta de verano en días de bochorno. Esta sensación es como una estrella fugaz, preciosa y efímera, que si la presencias no la podrás olvidar jamás. Afortunadamente, en mi calendario, la ilusión cayó en domingo.

Algo se acciona cuando te detienes y dejas de mirar, para observar a tu alrededor

Me incomoda que me molesten cuando miro ropa en una tienda, por muy buena que esté la dependienta. Me molesta compartir ascensor. No me gustan las personas, ni sociabilizarme; y sin embargo me baso en relaciones para dar vida a mis versos. Y  mientras observaba, vi a una chica despeinada por la libertad. Una chica con aspecto de ser de las que busca las gafas cuando las lleva puestas y de hablar más de la cuenta. Alguien que no espera que las cosas sean blancas o negras, sino que ve colores donde nadie los ve. Empecé mirándola inquieto, como se mira a lo desconocido; para terminar invitándola a una copa de vino. Un café es una proposición tan desgastada que decidí, por vez primera, sorprender a alguien en persona y no a través de poesía. De vez en cuando, más en cuando que de vez, dejo cosas por decir. Cosas que quedan en la punta de la lengua. Lengua con tonos a Cabernet. Paso la vida leyendo poemas que hablan de mí mientras escribo otros que hablan del resto; así que decidí empezar con ella a escribir el nuestro.

Relato de un provinciano en Madrid

Los últimos rayos del verano azotaban la luna de nuestro Peugeot 307. Tan sólo nos quedaban 20 kilómetros para adentrarnos en la gran ciudad y conforme pasaba el tiempo, la inquietud y el miedo me recorrían con más fuerza.

Al llegar a mi nuevo piso descargué mi repertorio de tuppers y ­­­­di un paseo para familiarizarme con el barrio. Pregunté a un vecino si la entrada que había en frente de casa era la boca de metro y me contestó que no era el metro, sino un acceso a un parking. Mi experiencia en Madrid ya apuntaba maneras.

No fue hasta la mañana siguiente cuando tuve mi primer contacto con el metro. Sin saber aún que se trataba de un lugar hostil, di los buenos días a todo el mundo al entrar al vagón como he hecho cada vez que he ido a comprar el pan. Desde Nuevos Ministerios a Moncloa nadie se sentó a mi alrededor.

A mi llegada a la facultad busqué la oficina de secretaría para hacer lo que los universitarios llaman “burocracia innecesaria”. Una mujer con cara de pocos amigos (requisito indispensable para trabajar en la universidad) me atendió y, con un taco de sellos sobre su mesa, me indicó que necesitaba sellos y que tenía que desplazarme hasta Moncloa para conseguirlos. Así que eso hice, cogí el autobús en dirección La Coruña y me bajé en el Palacio de la Moncloa.

Regresé a la facultad un tanto desconcertado y sin sellos. Pero mi lucha con la burocracia no acababa aquí. Me informaron de que tenía que llamar a la oficina de Isaac Peral para continuar con el trámite… pero, ¿cómo conseguía yo el email de ese hombre?­

Todo mi día había sido un cúmulo de infortunios y me sentía como pez fuera del agua. Así que me eché a dormir y pensé: “­­­Mañana será otro día.

Vacante para el mejor trabajo del mundo

Por la siguiente comunicamos la existencia de una plaza vacante en la mejor profesión del mundo. A diferencia de lo que lo cuenta la leyenda, el mejor oficio no es el de los Reyes Magos, ni el de la monarquía. Es aquel trabajo cuyos candidatos deben cumplir los siguientes requisitos:

Poder vivir siete vidas, y ocho y nueve…  sin necesidad de deambular maullando rincones callejeros. Poseer una voz tan potente, que sea reconocida sin necesidad de haber mostrado jamás su rostro. Ser capaz de tocar, besar, abrazar y dormir con un completo desconocido sin tener que dar explicaciones  a uno mismo a la mañana siguiente, ni a los padres, ni a la novia…

Disponer de la credibilidad y persuasión suficiente como para engañar a su público sin que existan oscuros intereses de trasfondo. Pasar por diferentes estados de ánimo sin que te etiqueten de bipolar o te confundan con Britney Spears. Atreverse a expresar libremente lo que nunca ha sentido sin ser un adolescente revolucionario con pocas ganas de asistir a clase. Sentir la recompensa de su trabajo al instante y recibir aplausos y elogios de manera natural, no por cortesía o porque se vaya a recibir un premio. Ser capaz de hacer reír y llorar al mismo tiempo, sin producir daños colaterales. Ser tan empático que de manera constante uno se ponga en la piel de una persona del sexo contrario, de otra raza o de otra nacionalidad. Que la gente acuda a él cuando necesita evadirse de sus problemas a través de la diversión. Y por supuesto, poder retroceder o avanzar en el tiempo y vivir fuera del contexto actual sin tener que visualizar el NODO cada vez que uno paga por ir al cine.

La mejor profesión del mundo es interpretar, actuar… En toda y cada una de sus vertientes. ¿Vas a ser capaz de hacerlo?

Crónica de un acoso anunciado

¿Por qué decimos que no cuando queremos decir si? No lo sé. Nadie lo sabe. Tú tampoco, porque de ser así no estarías leyendo este post. No te engañes. No tienes ni idea de ligar y tienes que recurrir a pseudo-artículos digitales escritos por sólo dios sabe quién. Quizá la relatora es una mujer de 70 años que en su intento de crear un blog de magdalenas (que no cupcakes, que eso es de modernos) prefirió hablar de ligues. O peor aún, tal vez sea algún exnovio. En cualquier caso estás demasiado desesperado como para rechazar la opinión de una abuelita bloguera o un ex.

Prosigamos. Si analizamos esta mítica pregunta concluiremos en que está mal planteada. Y es que la verdadera cuestión desamparada es ¿por qué decimos que si cuando queremos decir no?

Si lo que vuestro cuerpo y/o corazón os pide es un sí, evidentemente la respuesta es sí. Si alguien de verdad te interesa, ¿somos tan estúpidos como para rechazarlo? En el caso de que te has respondido a ti mismo SÍ, por favor, háztelo mirar. Ya somos bastantes indecisos sueltos por el mundo.

En cambio si lo que queremos decir es NO; no decimos claramente no, sino que damos largas e inventamos pretextos. Somos seres egoístas y vanidosos. Necesitamos que alguien nos suba la autoestima en esos grises días y que mejor que ese ligue, aquel del cual no sabes absolutamente nada y al que le diste un día tu número por casualidad en pleno apogeo nocturno. No os conocéis mutuamente pero por una extraña razón te adora y se pondría el mundo por montera por ti. A priori es perfecto,  no tenéis ni un solo amigo en común, no sabe cómo te apellidas, ni dónde vives y en el momento en el que te sature sólo tienes que bloquear su número y nunca más sabrá de ti. Desaparecerás del mapa para siempre cual actor de Compañeros.

Sin embargo, llega un momento en el que la cosa comienza a escaparse de tu control. Lo que empezó siendo una lluvia de halagos hacía tu persona se convierte en una excesiva atención. Te busca en Facebook, tiene controladas tus fotos de perfil y tus estados de Whatsapp, y lo peor, ¡te lo dice con toda naturalidad!  Así que que terminas por preguntarte a ti mismo con cierta inquietud y realismo, ¿con qué clase de psicópata me he topado y que he hecho yo para merecer esto? Con que decides ignorarle paulatinamente y poco a poco vuestras triviales conversaciones se van convirtiendo en un soliloquio por su parte.

Y pasan los días, las semanas, las estaciones…  Una noche gélida de invierno estás tumbado en el sofá mientras esperas a que pasen los 7 minutazos de anuncios de El Tiempo entre Costuras. Eres demasiada vago como para levantarte a por un yogur así que decides perder el tiempo con tu móvil. Solo entonces nace en ti un sentimiento de añoranza, un extraño Síndrome de Estocolmo, y te preguntas; ¿qué habrá sido de aquel pretendiente? ¿Seguirá teniendo pelo? ¿Vivirá en España o también habrá emigrado a Londres?

Reflexión: Necesitamos sentirnos pretendidos y admirados. Y es que si nadie nos preguntará al finalizar nuestra jornada cosas tan redundantes como “qué tal el día” nos sentiríamos abandonados cual abuelo en una gasolinera.

A modo de cierre y para rellenar este corto pero divertido artículo, os recomiendo una canción de uno de mis grupo favoritos; Miss Caffeina, a los que tuve la oportunidad de ver el pasado viernes en la Sala Óxido de Guadalajara y me encantaron! Un abrazo desde aquí para mis acompañantes.

Cuatro almoradienses en París

17 de marzo. Cuatro chicas con un gran afán por viajar y unas pizzas. Una bonita y duradera amistad nos unía, pero fueron los ahorros post-vendimias y las ganas de formar parte de una aventura insólita lo que nos impulsó ese día a embarcarnos en lo que sería EL VIAJE de nuestra vida: el Inter-Rail.

Primera decisión a tomar: ir con mesura y con cada uno de nuestros pasos planificados o improvisar por el camino, jugándonoslo todo a una carta y que nuestras madres sufrieran un ictus. Sin ningún tipo de contemplación nos decantamos por la segunda opción. Y tras meses de expectación llegó al gran día. Cuatro macutos cargados de muy poca ropa y muchas latas de conservas. Por alguna extraña razón pensábamos que no había supermercados en Francia. No nos importaba en absoluto lavar nuestros atuendos a diario, ¡cualquier cosa antes que destinar nuestro presupuesto a comida gabacha!

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A los pocos minutos de aterrizar en Chamartin el viaje apuntaba maneras. Todo grupo organizado y responsable se hubiera cerciorado de su día de salida, sí. Pero no, nosotras no. No es porque fuésemos despistadas, que va… Sino porque no queríamos seguir unas premisas y hacer lo que todo el mundo hace. Sea como fuere nuestros billetes de tren estaban fechados para un día más tarde de lo previsto. Sin embargo gracias al factor suerte que nos acompaña pudimos viajar en ese tren pese a no tener billete.

Llegamos a la ciudad del amor un 14 de julio. El patriotismo y la euforia inundaban las calles parisinas. Nosotras, rodeadas de una muchedumbre alborotada, no entendíamos nada pero nos mimetizamos en el ambiente festivo con rapidez. Cualquiera hubiera sabido que llegábamos a Francia el día de la Toma de la Bastilla, pero no, nosotras no. En cualquier caso, gracias a que desembarcamos en París  ese día, pudimos disfrutar de un espectáculo de fuegos artificiales en la Torre Eiffel con banda sonora de Amelie como acompañamiento.

Torre Eiffel

Pero la noche no acaba aquí. Si alguna vez habéis escuchado que es tradición que todo español intento de mochilero duerma bajo la Torre Eiffel a su llegada a París; no hagáis caso, es todo mentira. Pecando de ingenuas, nos asentamos en los jardines con nuestro saco de dormir y con todo el dinero metido en una riñonera, en mi caso de color amarillo chillón obsequio de Correos. Esperábamos ver una multitud de jóvenes turistas acampando, pero no, nuestros compañeros de siesta resultaron ser delincuentes celebrando con cerveza el 14 de julio. Sólo nos quedaba custodiar nuestras riñoneras de propaganda y velar por nuestra seguridad con nuestras armas de destrucción masiva: una navaja y un desodorante de spray.

La base de la torre Eiffel con el Campo de Marte y la Escuela Militar al fondo

Esa gran vía a la que todo el mundo se rinde

Como madrileña de adopción -aunque manchega de corazón- voy a hablar hoy de uno de mis lugares favoritos de Madrid. Una hermosa zona sobre la que todo turista que visita la capital pisa. Esa vía que Antonio López retrató y convirtió en insignia del hiperrealismo español. Calle del comercio por excelencia que en su día Alejandro Amenábar plasmó desierta en Abre los ojos. Una imagen que impactaría a todos los espectadores como yo, acostumbrados a ir paseando y esquivando gente al mismo tiempo. Sin embargo, a pesar de las ingentes cantidades de transeúntes es un placer y un privilegio caminar por la Gran Vía.

Era un 4 de abril de 1910 en una mañana del Madrid de los Borbones, cuando el Rey Alfonso XIII, acompañado de la Familia Real, el Alcalde de Madrid y el Presidente del Gobierno, José Canalejas inauguraba las obras de lo que debía ser la apuesta por la modernidad de la capital de España: una inmensa avenida que conectara la Calle de Alcalá con la Plaza de España y que serviría de escaparate a Madrid ante el Mundo, a imagen y semejanza de la Quinta Avenida de Nueva York o de Oxford Street en Londres. 

Esta joven calle, con poco más de 100 años, se ha convertido en un referente español cultural y comercial a nivel internacional. ¡Es nuestro propio Broadway! La gran mayoría de espectáculos, premiéres de películas y representaciones teatrales están establecidas en esta calle.. Y no pueden haber encontrado un escenario mejor. Los Miserables, El Rey León… musicales de semejante índole han llenado de luz y color -y a su vez abarrotado- los rincones de esta calle madrileña.

Pero hay más símbolos significativos de esta excelente vía. Por un lado tenemos el establecimiento de loterías Doña Manolita afincado en Gran Vía 31 desde el año 1931, donde provocaba grandes retenciones y colas de espera gracias a la fama de fortuna que ostenta. Actualmente el famoso local se encuentra en Carmen, 22 (muy próximo a la Gran Vía).

Otro emblema de la Gran Vía es el edificio Metrópolis, no sólo por su grandeza y belleza sino por dar entrada a la Gran Vía desde la calle Alcalá. La cúpula del edificio Metrópolis estuvo coronada en un principio por un ave fénix que simbolizaba la antigua compañía, pero en 1975, cuando se hizo cargo del edificio la Compañía Metrópolis, fue sustituido por una victoria alada obra de Federico Coullaut Valera.

Asimismo otro elemento significativo es la sede de Fundación Telefónica. Dentro del paisaje de la Gran Vía destaca notablemente este edificio. Primer rascacielos erigido en España durante los años 30, y uno de los primeros de Europa. Símbolo de adelanto técnico y vanguardia en los años treinta Fue el edificio más alto de Madrid (desbancando al Palacio de la Prensa) hasta la construcción del Edificio España en Plaza de España. Actualmente se ha convertido en lugar de reunión para muchos madrileños.

Un acompañante imprescindible de la Gran Vía es la Plaza de Callao. La una se alimenta de la otra. Esta hermosa plaza está situada al final de la calle del Carmen. Aquí mismo se encuentra el renombrado Edificio Carrión (hace esquina entre la Gran vía y la calle de Jacometrezo) y su luminoso de neón de la marca Schweppes situado en las plantas superiores. Comparado con el edificio Flatiron de Nueva York (primera imagen), el Edificio Carrión es uno de los símbolos de la Gran Vía y de la ciudad, y ha aparecido en numerosas películas, entre ellas El día de la bestia de Álex de la Iglesia con Álex Ángulo y Santiago Segura en apuros.

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“Esta noche, en el Chicote”. Esta fue probablemente la frase más repetida entre los años 50 y 70 en boca de los actores del Star System que acudían a Madrid. El bar Chicote inaugurado por Perico Chicote en Gran Vía 12, ayudó a esa proyección de modernidad que la capital española buscaba.
Desde el 18 de septiembre de 1931 se convirtió en lugar de culto de la farándula internacional. Ava Gardner, Grace Kelly, Sofía Loren, Gary Cooper, Orson Welles, Laurence Olivier… todos ellos y muchos más pidieron alguno de los cócteles preparados por uno de los barman más reconocidos del mundo.
Otro área de la ciudad muy aclamada es el barrio de La Latina y todos sus bares typical spanish que alberga. La cava baja reúne jóvenes, y otros que no lo son tanto, de todas las nacionalidades en busca de un tinto de verano y una tapa de las buenas. Nadie quiere abandonar la capital española sin haber realizado esta parada de rigor. También encontramos restaurantes variopintos como lo es la Cafetería Javier Martín en la calle Toledo, 74. En este local se ofrecen 32 tipos diferentes de croquetas. Desde las más comunes de queso con nuez, bacon, bacalao, roquefort… hasta peculiares croquetas hechas con dulce de leche, crema pastelera, chocolate o de frutas.

Asimismo, para los amantes de los escenarios esta zona no es de menor interés. En esta zona está el Teatro La Latina ofreciendo constantes representaciones. Su nombre -al igual que el del barrio- se lo debe a Beatriz Galindo, escritora castellana del siglo XV apodada como la Latina. 

El director Emilio Martínez-Lázaro, al igual que los turistas, se rindió a esta preciosa zona madrileña y la escogió como escenario cinematográfico para su film Las Trece Rosas. Exactamente fue la carrera de San Francisco, en la Latina, el lugar elegido donde decenas de personas se agolpaban ante el paso de una comitiva franquista.

Pero las localizaciones de Madrid no son sólo objetivo de directores españoles. También el director de El Últimatum de Bourne se decantó por la zona céntrica de la capital para desarrollar parte de su rodaje. Las filmaciones tuvieron diversas tomas aéreas de la capital española, así como algunas escenas dentro de la mismísima estación de Atocha. En la película protagonizada por Matt Damon observamos también tomas desde el Paseo de la Castellana al viaducto de la calle Bailén o la céntrica Plaza de Santa Cruz.